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Se cumplió el primer año de gobierno del Presidente Barack Obama y el balance es mixto. Partiendo de lo extraordinario de los retos y de la crítica situación económica del país, hay que reconocer que se ha logrado cierto progreso, pero es mucho lo que queda por hacer.
Medidas como el paquete de estímulo económico, fueron positivas y ayudaron a detener la caída del sistema financiero y a estabilizar la economía, poniendo además una curita en el desangre de los estados y localidades, pero la gente común sigue sufriendo las consecuencias del alto desempleo y el derrumbe en el valor de sus casas. Los programas para ayudarlos no han sido tan contundentes como el rescate de Wall Street y a los bancos. Es el ciudadano de a pié es el que está sufriendo los estragos de una recuperación sin trabajos y sin un cambio de fondo en el sistema financiero. Apreciamos su esfuerzo por nombrar a latinos a puestos de importancia, por hacer un gobierno diverso. Fue positivo su liderazgo en la aprobación de la ley de cobertura de salud infantil y en extender los beneficios de desempleo. La reforma al sistema de salud aún no se logra, pero ha llegado más lejos que ninguna otra en la historia. Hay cambios positivos en la política migratoria, no los suficientes: aquí Obama tiene un gran pendiente con el país y la comunidad latina en particular. De cara al mundo, se agradece tener un Presidente que despierte un mayor nivel de admiración que de odio. Que sea considerado un líder mundial y no un cowboy irresponsable. Que pueda acudir a foros internacionales y hacer una tarea diplomática, que allane las tensiones aunque no acabe con los problemas. A pesar de lo que decía siempre en sus discursos de campaña, Obama no puede cambiar el mundo. Pero, está de más decirlo, aún hay mucho camino por recorrer. |